La reducción de la brecha de género en STEM y tecnología se perfila como una de las inversiones económicas más rentables para afrontar la transformación del empleo, el avance de la inteligencia artificial y los retos del crecimiento inclusivo.

La aceleración del cambio tecnológico y la irrupción de la inteligencia artificial están transformando de manera profunda y significativamente el mercado laboral a nivel global, afectando no solo a los trabajos actuales sino también a la forma en que concebimos el trabajo en sí mismo.

En este contexto de cambios vertiginosos y redefiniciones laborales, la inversión específica y dirigida en mujeres y niñas se posiciona como un factor económico absolutamente decisivo para construir una fuerza laboral que no solo sea resiliente y capaz de adaptarse al cambio, sino también competitiva, innovadora y completamente preparada para enfrentar los desafíos del futuro.

Según se detalla en el Informe sobre el Futuro del Empleo 2023 del prestigioso Foro Económico Mundial, un impactante 22% de los empleos actuales a nivel global se verá transformado significativamente por la inteligencia artificial en los próximos cinco años, alterando de manera drástica el panorama laboral. Este proceso de transformación provocará en consecuencia la eliminación de aproximadamente 83 millones de puestos de trabajo en diversas industrias, a la par que facilitará la creación de 69 millones de nuevos empleos, lo cual supondrá una pérdida neta de cerca de 14 millones de empleos en total.

Esta transición representa, por un lado, un riesgo para aquellos que no estén preparados con las competencias necesarias y, por otro, una oportunidad valiosa para quienes cuenten con las habilidades adecuadas para prosperar en este nuevo panorama.

En este escenario de incertidumbre laboral, la capacitación continua y el reciclaje profesional se convierten en una necesidad económica que no puede obviarse ni retrasarse. Sin embargo, es crucial que estas estrategias incorporen una perspectiva de género, ya que de no hacerse existe un riesgo significativo de que la situación no solo perpetúe sino que amplifique las desigualdades ya existentes, en lugar de ofrecer una oportunidad para reducirlas.

Por lo tanto, invertir en mujeres no debe verse únicamente como una cuestión social justa, sino como una decisión estratégica con un impacto económico de alto alcance.

Uno de los pilares fundamentales de esta estrategia a largo plazo debe centrarse en reducir de manera substancial la brecha estructural existente en las áreas STEM, es decir, ciencia, tecnología, ingeniería y matemáticas.

A partir del año 2023, diversas iniciativas orientadas a facilitar el acceso de niñas y jóvenes a estas disciplinas han demostrado ser el primer paso esencial para garantizar una base de talento más equitativa y representativa en la economía digital floreciente.

Un modelo de crecimiento económico basado en la innovación no puede sostenerse ni prosperar sobre una participación desigual de género.

La capacitación de la fuerza laboral actual, especialmente en competencias digitales y habilidades blandas, se erige como otro eje central crítico para enfrentarse al cambio.

Millones de mujeres, particularmente en las economías emergentes, ocupan empleos que están en mayor riesgo de ser automatizados. Dotarlas de competencias digitales, conocimientos básicos y avanzados en inteligencia artificial, y habilidades transversales, tales como pensamiento crítico, creatividad, comunicación efectiva y colaboración, resulta clave para mejorar su empleabilidad y fortalecer la productividad a nivel global.

En este sentido, el sector privado tiene un papel decisivo que jugar, dinamizando programas de formación que sean flexibles, accesibles y certificados, y que realmente alcancen a las poblaciones meta.

A este complejo desafío se suma la presión demográfica que enfrentan muchas economías emergentes. Se estima que cerca de 800 millones de jóvenes alcanzarán la edad laboral en la próxima década, lo cual obliga a acelerar la creación de empleo de manera estratégica. La capacitación específica de mujeres jóvenes para los nuevos perfiles asociados a la inteligencia artificial, la tecnología verde emergente, o la auditoría ética de sistemas automatizados, puede convertir este excedente de mano de obra en una ventaja económica global de gran importancia.

A modo de ilustración, el ejemplo palpable del sector eléctrico en Estados Unidos demuestra claramente la magnitud del reto que enfrentamos. El país requiere aproximadamente un millón adicional de electricistas, en un contexto marcado por la urgente transición energética, la constante innovación tecnológica y una ola de jubilaciones inminentes. Este déficit es un claro reflejo de la urgencia de formar a más mujeres para ocupar puestos especializados en las economías verdes y digitales que se están configurando.

La inversión en capital humano femenino está también intrínsecamente ligada a otro gran desafío económico: el desarrollo de infraestructuras sostenibles y modelos productivos de cero emisiones. La transición hacia economías más verdes demanda innovación y nuevas competencias técnicas, así como una visión diversa e inclusiva. Excluir a las mujeres de sectores críticos como la ingeniería, la construcción o la tecnología climática significaría desaprovechar talento y potencial humano esencial para diseñar sistemas más eficientes y resilientes a largo plazo.

Desde esta amplia perspectiva de análisis, invertir en las competencias de las ingenieras y profesionales técnicas no es simplemente una cuestión de equidad y justicia social, sino una condición esencial para enfrentar proyectos económicos de gran escala y alto impacto a nivel global. Garantizar que las inversiones en infraestructuras se realicen de manera sostenible e inclusiva no solo refuerza su rentabilidad a largo plazo, sino que promueve un desarrollo más equitativo para todos.

De cara a 2026, el reto es múltiple y complejo: adaptarse exitosamente a la economía impulsada por la inteligencia artificial, absorber y gestionar efectivamente el crecimiento de la población activa, y promover un desarrollo inclusivo, sostenible y equitativo. La respuesta, según este enfoque integral, pasa por una estrategia de inversión holística que coloque a las mujeres y niñas en el centro mismo de las prioridades económicas.

Más allá de compromisos retóricos y declaraciones simbólicas, se plantea la necesidad urgente de desarrollar programas de inversión que sean integrados, medibles y a gran escala, conectando la educación STEM con las exigencias de la nueva economía digital que está surgiendo. No se trata de un acto de caridad o benevolencia, sino de una apuesta racional y estratégica por el motor económico menos aprovechado a nivel mundial.

La futura economía global se construirá sobre las bases del talento, la salud y la resiliencia de las personas. Asegurar que las mujeres —que constituirán la mitad de la futura fuerza laboral— dispongan de las herramientas y oportunidades necesarias para liderar este proceso de transformación es una inversión estratégica clave para lograr un crecimiento sostenible, equitativo y preparado para la próxima revolución tecnológica que se avecina.

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