‎‎Sin embargo, si las economías mantienen el ritmo actual durante este período, solo se crearán alrededor de 400 millones de empleos, lo que dejaría una brecha muy elevada de desempleados. ¿Qué estrategias se deberían adoptar?

El mundo se mueve en diferentes longitudes de onda, cada una vibrando en su propia frecuencia. Algunas de estas ondas son sacudidas de alta frecuencia, como los conflictos bélicos, las tecnologías emergentes que surgen constantemente, o el pánico que a menudo se apodera de los mercados financieros globales, aumentando de manera repentina y capturando nuestra atención de manera casi obsesiva.

Estas ondas acaparan los titulares, generando una sensación de urgencia. Sin embargo, más allá de estas explosiones de alta frecuencia, existen también fuerzas poderosas pero silenciosas, de baja frecuencia, que se mueven de forma lenta pero inexorablemente, como la marea: cambios demográficos extensos, el fenómeno de la globalización extendiéndose en cada rincón del planeta, y la preocupante escasez de recursos esenciales como el agua potable y los alimentos básicos.

Las ondas de alta frecuencia son como tormentas que irrumpen de forma abrupta y urgente en el escenario global, mientras que las ondas de baja frecuencia actúan como corrientes subterráneas que, aunque menos visibles, tienen el poder de reconfigurar el sistema mundial a largo plazo. Esto no quiere decir de ninguna manera que las crisis inmediatas, esas que nos asedian no importen. Pero es esencial recordar que no podemos dejarnos convertir en víctimas dominadas por la combustión lenta simplemente porque la llama de la crisis del momento arde con más intensidad o acapara más titulares y discusión pública.

Si seguimos ignorando los efectos a largo plazo de esta combustión lenta durante demasiado tiempo, se arriesga a convertirse en un infierno incontrolable, amenazando todo lo que conocemos.

Una de esas poderosas fuerzas de baja frecuencia ya está en plena marcha. En los próximos 10 a 15 años, se espera que alrededor de 1.200 millones de jóvenes, provenientes de países en desarrollo, alcancen la edad laboral, un fenómeno de magnitud sin precedentes en la historia del mundo moderno. Si estas naciones continúan por la trayectoria económica actual, se anticipa que apenas podrán generar unos 400 millones de empleos durante ese mismo período, dejando así una brecha asombrosamente elevada en términos de oportunidades laborales, lo cual podría tener serias repercusiones sociales y económicas.

Se suele presentar esta tendencia demográfica como un desafío monumental para el desarrollo, y ciertamente lo es. Sin embargo, también representa un desafío crucial en el ámbito económico y, progresivamente, se está convirtiendo en una cuestión de seguridad nacional que no puede ser ignorada.

La clave radica en invertir tempranamente en las personas y conectarlas con el trabajo productivo en sus respectivas regiones. Lograrlo permitiría que esta gran nueva generación de jóvenes pueda construir vidas dignas y convertirse en una base sólida para el crecimiento económico y la estabilidad social a nivel global. Si fallamos en este intento, las consecuencias son bastante previsibles: se incrementará la presión sobre las instituciones nacionales, se incrementará la migración irregular a niveles preocupantes, y surgirán conflictos acompañados de una creciente inseguridad a medida que los jóvenes, desesperados, busquen cualquier medio posible para labrarse un futuro mejor.

El Grupo del Banco Mundial está trabajando con urgencia en la implementación del primer camino hacia la solución de este desafío demográfico, articulando una estrategia de empleo estructurada en tres sólidos pilares, utilizando finanzas públicas, conocimientos especializados, capital privado y avanzadas herramientas de gestión de riesgos.

El primer pilar se centra en la creación de infraestructura tanto humana como física. Sin el acceso confiable a servicios esenciales como energía, redes de transporte, educación de calidad y atención médica adecuada, la inversión privada y la creación de empleo nunca podrán materializarse de manera efectiva. Si bien el papel de la infraestructura física en el desarrollo económico es bien conocido, la inversión en el talento humano es igualmente crítica.

Un ejemplo inspirador se encuentra en un centro de capacitación situado en Bhubaneswar, India, el cual ha sido financiado en colaboración tanto con el gobierno como con el sector privado local. Este centro capacita a casi 38.000 personas cada año y, gracias a que su preparación está ajustada a las demandas reales del mercado laboral, casi todos los graduados logran obtener empleo o están equipados para crear sus propios emprendimientos, respaldados por formación en áreas tan relevantes como la ingeniería, la manufactura y el manejo de la propiedad intelectual.

El segundo pilar busca crear un entorno favorable para el crecimiento de las empresas. Normas claras y regulaciones previsibles son esenciales para reducir la incertidumbre y facilitar la actividad empresarial sostenible. El empleo se genera cuando los emprendedores y las empresas tienen la confianza necesaria para invertir y expandirse dentro de sus sectores. Los recursos públicos tienen la capacidad de contribuir a impulsar ese proceso, pero la verdadera creación de empleo a gran escala depende en gran medida del dinamismo del sector privado, especialmente de las micro, pequeñas y medianas empresas (MIPYMES), que son responsables de generar la mayor parte del empleo en diferentes economías.

Por último, el tercer pilar se enfoca en ayudar a las empresas a escalar. A través de nuestras filiales en el sector privado, se proporciona capital, financiamiento, garantías y seguros contra riesgos políticos para facilitar dicho proceso de crecimiento. Un reciente ejemplo de éxito es una garantía de financiación comercial que apoya al Banco do Brasil, liberando aproximadamente 700 millones de dólares en financiamiento accesible para beneficiar a las pequeñas empresas brasileñas, de manera particular aquellas en el sector agrícola, canalizando así capital hacia las empresas que son motores del crecimiento económico local.

Nos hemos centrado en aquellas áreas donde el potencial para la creación de empleo es mayor, seleccionando cinco sectores que consistentemente generan empleos a gran escala: infraestructura y energía, agronegocios, servicios de atención primaria de salud, turismo y manufactura de valor agregado. Esta iniciativa no es simplemente una teoría abstracta, sino que se fundamenta en pruebas empíricas, experiencias concretas de diversos países, y en decisiones difíciles acerca de dónde asignar los recursos limitados para lograr el máximo impacto posible.

Además, esta no es una propuesta de suma cero que pueda llevar a pérdidas de un lado mientras se gana en otro. Para el año 2050, se estima que más del 85 % de la población mundial residirá en países en vías de desarrollo. Esto no solo representará la mayor expansión de la fuerza laboral mundial en la historia, sino que también señalará el mayor crecimiento de futuros consumidores, productores y mercados que el mundo haya conocido. Independientemente de si las motivaciones son el desarrollo, el altruismo, la rentabilidad o la seguridad, invertir energía y recursos en este esfuerzo promete grandes recompensas.

Las naciones en desarrollo, donde ocurre esta explosión demográfica, se benefician enormemente porque el empleo genera ingresos decentes, estabilidad social y dignidad para los individuos. Esto fortalece la demanda interna y proporciona a los jóvenes una razón sólida para invertir en su futuro en su país de origen, en lugar de buscar oportunidades en tierras lejanas.

Los países desarrollados también pueden obtener beneficios significativos en este proceso. A medida que las economías emergentes crecen y se desarrollan, se convierten en socios comerciales más fuertes, así como en pilares más resilientes dentro de las redes de suministro global, y en vecinos más estables. Crecer en estos mercados no solo expande la demanda a nivel mundial, sino que también ayuda a mitigar las presiones que conducen a la migración irregular y a la inseguridad, consecuencias que imponen costos económicos y políticos reales mucho más allá de las fronteras nacionales.

Para el sector privado, es decir, tanto para las instituciones financieras como para los operadores que desempeñan un papel central, este fenómeno representa una de las mayores oportunidades de las próximas décadas. El rápido crecimiento demográfico en curso implica una demanda sostenida de recursos como energía, sistemas alimentarios eficientes, acceso a servicios de atención médica, infraestructura moderna, viviendas adecuadas y manufactura, entre muchas otras áreas.

La verdadera limitación nunca ha sido una falta de oportunidades; más bien, ha sido el riesgo, tanto real como percibido, que ha frenado el progreso. Sin embargo, aquí es donde las instituciones de desarrollo tienen la capacidad invaluable de desempeñar un papel catalizador: liderando inversiones en infraestructura, apoyando la reforma regulatoria adecuada y trabajando activamente para reducir los riesgos asociados con el desarrollo.

Si hacemos bien las cosas y tomamos las medidas adecuadas, las fuerzas de baja frecuencia que están configurando el mundo actual, como es el caso de la dinámica demográfica, podrían llegar a convertirse en motores de crecimiento económico y estabilidad social, en lugar de actuar como fuentes de volatilidad y riesgo.

Si fallamos en nuestra estrategia, nos encontraremos indefensos, buscando soluciones apresuradas a crisis que eran visibles con años, incluso décadas, de antelación, resultando en resultados desfavorables que podríamos haber anticipado.

La verdadera decisión que se debe enfrentar no radica en si estas poderosas fuerzas darán forma al futuro. Es un hecho que lo harán. La verdadera elección que debemos hacer es si actuamos con la debida anticipación para transformar estas fuerzas en oportunidades rentables, o si esperamos pasivamente hasta que se conviertan en fuentes de inestabilidad generalizada y amenazas para todo lo que hemos logrado.

Fuente: Banco Mundial

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