Esta ruptura histórica, respaldada por reservas estratégicas no sólo busca la autonomía financiera: pretende transformar una economía rentista en una economía de combate y desarrollar infraestructura clave para el desarrollo de los tres estados de la AES.

A finales del año 2025, la región de África Occidental se prepara para vivir una transformadora segunda ola de independencia, un acontecimiento de significativa importancia que promete alterar el panorama económico y político del área. No obstante, este momento crucial depende, en gran medida, de la capacidad de los Estados involucrados para crear y consolidar instituciones monetarias que sean robustas y creíbles, con la habilidad de generar una confianza duradera no solo entre sus propias poblaciones, sino también entre socios y aliados internacionales.

En este contexto, la Alianza de Estados del Sahel (AES), respaldada por el poder que recién ha adquirido gracias a sus recursos mineros, está planeando estratégicamente dar el golpe definitivo al franco CFA. Este plan de acción se caracteriza por su naturaleza fría, calculada e irreversible, y se distancia significativamente de ser meramente una fantasía de activistas, pues se perfila como una decisión firme y deliberada.

La audaz e histórica decisión tomada por las capitales de Bamako, Uagadugú y Niamey de avanzar hacia la adopción de una moneda común, simboliza el término de una anomalía histórica que ha perdurado durante ochenta largos años. Esta valiente iniciativa cierra el capítulo de la «servidumbre voluntaria» y abre paso a uno nuevo, el de la «responsabilidad total y absoluta». Por primera vez en la historia reciente de la región, la moneda no será vista solamente como un instrumento que proporciona estabilidad a los inversores extranjeros, sino que se convertirá en una herramienta vital y estratégica en la lucha por el desarrollo endógeno.

Este sistema, originado en el año 1945, involucró la centralización rigurosa de las reservas de divisas africanas en el Tesoro francés. La evolución de este «depósito obligatorio» es un reflejo claro y continuo de cómo ha persistido una forma de control que se impone desde el exterior.

Los defensores y promotores de este sistema lo han considerado tradicionalmente como una garantía de estabilidad y una fuente de credibilidad externa, pero esta «estabilidad» ha venido con un precio, representando a menudo una considerable limitación del margen de maniobra de las economías del Sahel. Miles de millones de euros permanecen ociosos en cuentas operativas ubicadas en París, privando al Sahel de la liquidez vital que necesita para sus esfuerzos e inversiones.

Aún más preocupante, el tipo de cambio fijo con respecto al euro ha funcionado como una camisa de fuerza económica, elevando de manera artificial los costos de exportación de los productos africanos y poniendo en desventaja a las exportaciones frente a las importaciones europeas. Este sistema ha frustrado e incluso bloqueado cualquier intento serio de industrialización local, transformando la región en un gran mercado para productos manufacturados importados del extranjero.

En este marco, la cuestión de dejar atrás la zona del franco CFA ha evolucionado y se ha convertido en un asunto de seguridad nacional. Sin embargo, es importante asegurarse de que cualquier alternativa propuesta no reproduzca las mismas dependencias y vulnerabilidades que se denuncian actualmente. Se ha convertido en una cuestión primordial de supervivencia del Estado, más allá de un simple debate económico.

La nueva moneda estará respaldada por los valiosos recursos del subsuelo de la región, que ahora se encuentran bajo control nacional. El oro de Loulo, el uranio de Arlit y el petróleo de Agadem constituyen algunas de las garantías más sólidas y prometedoras del mundo para esta nueva moneda. No obstante, la mera existencia de estos recursos, por sí sola, no asegura el éxito monetario; mucho dependerá de cuán transparente sea su gestión.

Esta nueva moneda será la espina dorsal de la confederación AES, facilitando el comercio directo entre las capitales de Bamako, Uagadugú y Niamey sin la necesidad de recurrir a costosas conversiones. Está emergiendo un próspero mercado interno de 72 millones de consumidores, unificado no solo por una visión política común, sino también por un único instrumento de intercambio que se está consolidando.

El financiamiento de proyectos conjuntos de infraestructura, como refinerías y plantas de energía solar, se llevará a cabo mediante esta moneda soberana. Sin embargo, la materialización de estos proyectos dependerá de la velocidad con la que las tres capitales establezcan un sistema de compensación bancaria que sea moderno, fiable e interconectado.

Esto reducirá considerablemente el riesgo cambiario y la dependencia de préstamos en dólares, permitiendo que el dinero creado en el Sahel permanezca en la región, circulando y generando valor. Esta iniciativa marca el final del modelo económico tradicional de los centros comerciales, convirtiendo la moneda en una herramienta clave para retener la riqueza local e implementar un proteccionismo inteligente.

FUENTE: TRT AFRIKA

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