«PositivSUM» (actitud positiva suma)
Aquella mañana salí de casa con una misión sencilla: conseguir una bombona de gas para cocinar.
Quien vive en Guinea Ecuatorial sabe que, cuando el gas escasea, una tarea de apenas unos minutos puede convertirse en una pequeña expedición. Salí resignado, pensando únicamente en resolver un problema doméstico. Nunca imaginé que aquella búsqueda terminaría regalándome una de las imágenes más esperanzadoras que he visto en mucho tiempo.
Al llegar al punto de venta de gas de Ela Nguema, una nueva camioneta cargada de bombonas, procedente de GeoGam S.A., se preparaba para abastecer al distribuidor Tradex. Como tantas otras veces, pensé para mis adentros:
«Seguro que el conductor y los ayudantes son hermanos de países vecinos como Mali, Burkina Faso o de algún otro país cercano.»
La costumbre me hizo pensarlo. Sin embargo, decidí acercarme.
—¡Hola! ¿Eres guineano? —pregunté con curiosidad al conductor.
El conductor sonrió.
—Sí, señor. Me llamo Ngui Esomo.
Quise saber un poco más.
—¿Solo tú o también el resto del equipo?
Se echó a reír y, señalando a sus compañeros, respondió:
—No solo yo… todos los que ve aquí somos guineanos, hermano.
Volví la mirada hacia los empleados de Tradex. También eran jóvenes ecuatoguineanos, mayoritariamente mujeres. Los trabajadores de GeoGam descargaban las bombonas con orden, coordinación y profesionalidad.
Confieso que, por un instante, sentí un nudo en la garganta. Aquella escena significaba mucho más que un camión descargando gas. Era la confirmación de que algo estaba cambiando.
Mientras observaba aquella escena recordé una frase que muchos crecimos escuchando, una estrofa muy conocida de la canción Tía Marta con Dendong, del músico Ángel Glamour: «Los guineanos solo quieren estar en las oficinas». Durante años, aquella expresión resumió una percepción muy extendida sobre nosotros.
Hoy, sinceramente, creo que estamos renaciendo.
El ecuatoguineano actual está demostrando que puede desempeñar cualquier oficio con la misma dignidad. Hoy encontramos compatriotas trabajando como zapateros, mecánicos, conductores, comerciantes, técnicos, empresarios, profesores, sanitarios, servidores públicos e incluso ocupando las más altas responsabilidades en la industria petrolera y bancaria. Esa transformación no ha ocurrido por casualidad. La competencia, la innovación, las necesidades del mercado y los cambios económicos nos han obligado a descubrir capacidades que siempre estuvieron ahí.
Si alguien me pidiera describir al ecuatoguineano de hoy, diría que es una persona profundamente familiar. El ECUATO, como le decían cariñosamente a mi padre en la hermana República de Gabón. Somos hombres y mujeres de familia, amantes del fin de semana, de la charla con los amigos, de las vacaciones en el pueblo y, cómo no, expertos en debatir sobre los temas de actualidad, con datos o sin ellos; siempre encontramos argumentos para defender nuestras ideas. Somos sensibles, pacíficos, conservadores y, muchas veces, muy críticos con nuestros propios entornos.
Pero también somos un pueblo trabajador.
Un pueblo que cada día muestra más interés por progresar con esfuerzo y dedicación.
Algunos lo llaman desarrollo personal; yo prefiero llamarlo «darse cuenta». Ese momento en el que comprendemos que sí se puede avanzar sin perder nuestra identidad.
El guineano al que me refiero no busca privilegios. Solo aspira a un empleo digno, un salario justo y puntual, estabilidad para su familia y una jubilación que recompense toda una vida de trabajo.
Durante mucho tiempo descuidamos valores esenciales como la organización, la empatía, el emprendimiento y la colaboración. Mientras nosotros nos distraíamos con demasiadas ambiciones personales y, en ocasiones, admirábamos caminos equivocados, muchos expatriados que llegaron a Guinea Ecuatorial aprovecharon el clima de paz para construir negocios sólidos.
Todos recordamos el fenómeno conocido popularmente como «Pinto». Más que un nombre, terminó representando una forma de emprender: pequeños comercios, talleres de mecánica, sastrerías, abacerías, ferreterías, distribución de gas y otros negocios que fueron consolidándose gracias a la organización, la estrategia, la disciplina, la empatía y una misión clara.
Aquella experiencia debería servirnos como un espejo para las nuevas generaciones.
Es recomendable comprender que el verdadero éxito rara vez depende únicamente del dinero. La diferencia suele estar en la capacidad de organizarse, trabajar unidos y perseverar para construir un legado que trascienda generaciones.
Como empresario, observo con satisfacción que esa realidad empieza a cambiar. Cada vez más ecuatoguineanos recuperan espacios estratégicos con profesionalidad y compromiso. Reconozco igualmente los esfuerzos que contribuyen a fortalecer el empleo nacional y a impulsar una mayor participación del talento local en distintos sectores productivos. Toda iniciativa que genere oportunidades merece ser valorada, porque fortalece el desarrollo del país.
Basta observar el debate que actualmente vive Sudáfrica para comprender que la preocupación por el empleo nacional no es exclusiva de Guinea Ecuatorial. Sin embargo, el extranjero no debe convertirse en nuestro enemigo. Al contrario, también puede ser un ejemplo de aquello que debemos aprender: organización, disciplina, profesionalidad, empatía, estrategia y fidelidad a sus principios.
Nuestro verdadero desafío consiste en convertir esas virtudes en fortalezas propias.
No busquemos culpables.
Busquemos soluciones.
Fortalezcamos nuestro ecosistema empresarial y de emprendimiento.
Valoremos el talento nacional.
Apoyemos a quienes crean empleo.
Combatamos la corrupción con ética y responsabilidad.
Necesitamos muchos más referentes empresariales como CASAV Expres, cuyo crecimiento y persistencia demuestran que la actitud positiva, la perseverancia y la constancia también construyen país.
A la juventud solo quiero decirle una cosa: cambiemos de referentes.
No porque alguien sea nuestro familiar o vecino debe convertirse automáticamente en nuestro modelo.
Nuestros verdaderos referentes deberían ser quienes, desde cualquier profesión, trabajan cada día con honestidad, sacrificio y amor por Guinea Ecuatorial.
Como joven empresario, yo también tengo los míos.
Y cada día procuro aprender de ellos.
Quiero terminar enviando un abrazo sincero a quienes sostienen nuestro país desde el silencio.
A las mujeres valientes de nuestros mercados y a quienes nos venden postres por las noches.
A los panaderos y panaderas, especialmente a quienes trabajan de madrugada para que nunca falte el pan.
A los maestros y maestras que educan a nuestros hijos mientras nosotros servimos a otros.
A los taxistas honrados que recorren nuestras ciudades con dignidad.
A los «Michelines» y mecánicos que siempre aparecen cuando más los necesitamos.
A nuestras Fuerzas Armadas, cuerpos de seguridad y empresas de seguridad privada por velar por nosotros mientras dormimos.
A las camareras que nos sirven con una sonrisa.
A los hermanos de las abacerías por atendernos incluso fuera del horario habitual.
A los curas y pastores por mantener abiertas nuestras iglesias.
A los músicos por poner banda sonora a nuestra alegría.
Al personal sanitario, a las farmacias de guardia, a los bomberos y a quienes velan por la seguridad ciudadana por su entrega permanente.
A los servidores públicos por su paciencia.
A los periodistas por mantenernos informados.
A las madres, esposas y a todas las manos que preparan cada día el plato de comida de nuestras familias.
A las tintorerías por mantenernos elegantes.
A nuestros hijos y nietos, que alimentan nuestra valentía diaria.
Y a nuestros abuelos y abuelas, por su ejemplo y sus aportes.
Porque todos somos grandes líderes desde el lugar que ocupamos.
Aquella mañana salí de casa buscando una bombona de gas.
Regresé con ella.
Pero también regresé con algo mucho más valioso.
La certeza de que ha llegado nuestro turno.
El turno de creer en nosotros mismos.
El turno de trabajar con dignidad.
El turno de emprender con valentía.
El turno de construir una Guinea Ecuatorial donde el esfuerzo vuelva a ser el mayor motivo de orgullo.
Porque el trabajo no solo dignifica al ser humano.
También devuelve la esperanza a toda una nación.
«PositivSUM» (actitud positiva suma)


