El informe del Banco Mundial 2026 destaca la sorprendente resistencia de la economía mundial tras la pandemia por parte de potencias económicas, pero advierte la creciente desigualdad y los desafíos estructurales que enfrentan las economías emergentes y de bajos ingresos.
A comienzos de 2026, el Banco Mundial ha publicado un informe que analiza la evolución económica global desde la recesión causada por la pandemia de COVID-19. Según este análisis, la economía mundial ha superado las expectativas iniciales al registrar un crecimiento del PIB del 2,7 % en 2025, a pesar de los aumentos arancelarios y la incertidumbre política que marcaron el último año. Este ritmo, que se mantendría estable hasta 2027, ha permitido que el PIB per cápita mundial sea un 10 % superior al nivel prepandemia, reflejando una recuperación sin precedentes en seis décadas.
Sin embargo, esta fortaleza oculta una realidad más compleja: la desaceleración del crecimiento global a largo plazo y la profunda desigualdad entre países. Mientras que las economías avanzadas experimentan ingresos per cápita superiores a los previos a la pandemia, aproximadamente un cuarto de los países en desarrollo y más de un tercio de los países de bajos ingresos han retrocedido económicamente en los últimos cinco años. Esta divergencia evidencia que el crecimiento actual no está beneficiando a todos por igual, y que las brechas de riqueza y oportunidades se han ampliado.
Las causas de esta situación son en parte atribuibles a decisiones de política económica. A diferencia de la crisis financiera de 2009, cuando las economías emergentes respondieron con reformas y mayor gasto público, la pandemia encontró a muchas de ellas con altos niveles de deuda y déficits presupuestarios históricos, lo que limitó su capacidad de estímulo económico.
Esta restricción ha resultado en recuperaciones más débiles y una mayor vulnerabilidad ante shocks externos.
De cara al futuro, el informe subraya que las economías en desarrollo pueden mejorar su desempeño mediante políticas adecuadas, incluyendo el restablecimiento de la disciplina fiscal y la adopción de normas que controlen el gasto y la deuda en períodos de bonanza. Mejorar la gobernanza y la capacidad de aplicar estas políticas es clave para asegurar la estabilidad fiscal y preparar a estas naciones para enfrentar retos como la creación de empleo en un entorno global cambiante y menos favorable.
En conclusión, aunque la economía mundial ha mostrado resistencia en 2025, esa fortaleza no puede tomarse como garantía de un crecimiento sostenido e inclusivo. La recuperación hasta ahora ha sido fruto de medidas excepcionales difíciles de repetir, y solo una gestión económica responsable y reformas estructurales permitirán que los beneficios del crecimiento lleguen a todas las regiones del mundo y se construya un futuro más equitativo.
Fuente: wordlbank
