La creciente utilización de herramientas económicas con fines estratégicos está transformando las reglas del crecimiento global, debilitando el paradigma del libre mercado y situando la competencia geopolítica en el centro de las decisiones económicas.
Durante décadas, la economía global se estructuró sobre la base de la cooperación internacional, la liberalización de los mercados y la convicción de que la economía podía desarrollarse al margen de los conflictos políticos. Sin embargo, este enfoque ha comenzado a erosionarse con el resurgimiento de la geoeconomía, un concepto que analiza el uso del poder económico como instrumento de influencia política y estratégica entre los Estados.
El economista Albert Hirschman, cuya obra se centró en el período de entreguerras, fue uno de los primeros en estudiar cómo las grandes potencias utilizaban el comercio, las finanzas y la dependencia económica como herramientas de poder. Tras la Segunda Guerra Mundial, sus planteamientos quedaron relegados en favor del sistema de Bretton Woods y, más tarde, del modelo neoliberal, que apostaba por mercados libres, globalización y mínima intervención estatal.
No obstante, este enfoque ha cambiado de forma acelerada en los últimos años. La reelección del presidente estadounidense Donald Trump en noviembre de 2024 ha reforzado esta tendencia, consolidando una visión en la que la economía vuelve a ser considerada una extensión de la política, la tecnología y la seguridad nacional. En este contexto, el comercio exterior, las cadenas de suministro, la política industrial y el control financiero se utilizan cada vez más como instrumentos de poder.
Este giro ha tenido un impacto directo en las perspectivas de crecimiento. La economía global se desplaza progresivamente de una lógica basada en el bienestar absoluto —si los países crecen— hacia una lógica de bienestar relativo, en la que importa quién crece más y quién gana ventaja frente a sus competidores. Esta percepción de competencia de suma cero está redefiniendo las estrategias económicas nacionales.
En el centro de esta nueva dinámica se encuentra la rivalidad entre Estados Unidos y China. Ambos países compiten por la hegemonía en ámbitos clave. China mantiene una posición dominante en numerosos sectores manufactureros y en nodos estratégicos de las cadenas de suministro, como las tierras raras. Estados Unidos, por su parte, conserva una hegemonía financiera sustentada en el papel del dólar como moneda de reserva mundial. La supremacía tecnológica sigue siendo un terreno de disputa, y todo indica que esta competencia será prolongada.
Este escenario incrementa la vulnerabilidad de los países más pequeños, que quedan expuestos a presiones y mecanismos de coerción económica. Frente a ello, se vuelve cada vez más relevante la diversificación de relaciones comerciales, la reducción de dependencias estratégicas, el fortalecimiento de la autosuficiencia en sectores clave y la búsqueda de alianzas regionales.
Paralelamente, la intervención del Estado en la economía está en aumento. Aunque durante años las políticas industriales fueron criticadas cuando se aplicaban en economías emergentes, hoy son cada vez más frecuentes en los países desarrollados, incluso bajo gobiernos de orientación liberal o conservadora. Datos recientes del Fondo Monetario Internacional muestran que estas políticas ya superan, en algunos casos, las aplicadas en mercados emergentes.
Este cambio también afecta al sector privado. Empresas e inversores se enfrentan a un entorno en el que ya no basta con maximizar el beneficio para los accionistas. Las decisiones empresariales deben tener en cuenta nuevas partes interesadas, como los intereses de seguridad nacional, las tensiones geopolíticas, las demandas sociales y los valores culturales dominantes. Ignorar estos factores se ha convertido en un riesgo estratégico.
Aunque algunos analistas consideran que este giro hacia la geoeconomía podría ser transitorio, las actuales tensiones internacionales, la rivalidad entre grandes potencias, el endeudamiento creciente, el cambio climático y los avances tecnológicos dificultan un retorno al modelo neoliberal o al espíritu cooperativo de la posguerra en el corto plazo.
En este contexto, responsables políticos, líderes empresariales e inversores se enfrentan al desafío de adaptarse a un entorno económico más fragmentado y politizado, tratando de preservar el crecimiento y la estabilidad en un mundo donde la economía y el poder vuelven a estar estrechamente entrelazados.


