El avance de tecnologías eléctricas como la ósmosis inversa está transformando la desalinización, que se consolida como una herramienta clave para garantizar el suministro de agua en regiones con escasez.
La presión sobre los recursos hídricos se intensifica a nivel mundial, impulsada por el crecimiento de la población y el aumento del consumo en sectores como la agricultura, la industria y el uso urbano. En este contexto, la desalinización se posiciona como una solución cada vez más relevante para garantizar el acceso al agua potable, especialmente en regiones con escasez estructural.
Actualmente, se extraen más de 4.000 mil millones de metros cúbicos de agua dulce al año, de los cuales cerca de 1.500 mil millones se consumen sin retorno al sistema, lo que refleja una presión creciente sobre los recursos disponibles. La agricultura sigue siendo el principal usuario, con alrededor del 70 % de las extracciones y casi el 90 % del consumo total.
El aumento sostenido de la demanda ha llevado a que más de 3.000 millones de personas vivan en zonas con alto estrés hídrico, una cifra que ha crecido en casi mil millones en las últimas dos décadas. En regiones como Oriente Medio y el Norte de África, más del 70 % de la población se encuentra expuesta a niveles elevados de escasez de agua.
Ante esta situación, los países han intensificado el uso de la desalinización, una tecnología que permite convertir el agua de mar en agua apta para el consumo humano, industrial y, cada vez más, agrícola.
Desde su desarrollo inicial en la década de 1970 en el Golfo Pérsico, la desalinización se ha expandido a nivel global. Hoy se utiliza no solo para abastecimiento urbano, sino también en sectores industriales como la generación de energía, el refinado y, más recientemente, en la agricultura y la producción de hidrógeno.
El crecimiento ha sido significativo: las plantas desalinizadoras actuales son, en promedio, diez veces más grandes que hace 15 años, y algunas instalaciones pueden producir hasta un millón de metros cúbicos diarios, con un consumo energético equivalente al de una ciudad de 200.000 hogares.
Oriente Medio y el Norte de África concentran más del 40 % de la capacidad mundial, con una producción anual de unos 12.000 millones de metros cúbicos de agua desalinizada. En varios países, esta tecnología es esencial para el suministro, llegando a cubrir prácticamente la totalidad del consumo de agua en algunos casos.
Uno de los cambios más relevantes en el sector es la transición desde tecnologías térmicas, altamente intensivas en energía, hacia sistemas eléctricos basados en membranas, especialmente la ósmosis inversa.
Estas nuevas tecnologías son considerablemente más eficientes. Mientras que los sistemas térmicos pueden requerir hasta diez veces más energía, la ósmosis inversa reduce significativamente el consumo energético, favoreciendo su adopción global.
En la actualidad, las tecnologías eléctricas representan más del 60 % de la capacidad instalada en Oriente Medio y el Norte de África y más del 80 % a nivel mundial, consolidando una tendencia hacia la electrificación del sector.
Este proceso también está incrementando la demanda de electricidad. Se estima que la electrificación de la desalinización podría elevar la tasa de uso de electricidad del sector del 28 % actual al 50 % en 2035, añadiendo unos 190 TWh a la demanda global, equivalente al consumo anual de 60 millones de hogares.
A pesar de su potencial, la desalinización enfrenta importantes desafíos. Los elevados costos de inversión limitan su adopción en países con menor capacidad financiera, mientras que la gestión de la salmuera (residuo concentrado del proceso) plantea riesgos para los ecosistemas si no se maneja adecuadamente.
Además, la infraestructura de desalinización puede convertirse en un punto crítico de vulnerabilidad. En regiones como Oriente Medio, algunas plantas han sido afectadas por conflictos, lo que ha puesto en riesgo el suministro de agua a poblaciones enteras.
De cara al futuro, la desalinización seguirá expandiéndose como respuesta al estrés hídrico global. Países como Marruecos prevén cubrir hasta el 60 % de su agua potable mediante desalinización para 2030, mientras que nuevos proyectos buscan abastecer a millones de personas en regiones con escasez.
No obstante, los expertos coinciden en que esta tecnología debe complementarse con otras medidas, como la mejora de la eficiencia en el uso del agua, la modernización de infraestructuras y una mejor gestión de la demanda.
En conjunto, la electrificación de la desalinización se perfila como un elemento central en la intersección entre agua y energía, con implicaciones directas para la sostenibilidad, la seguridad de los recursos y el desarrollo económico en las próximas décadas.


