Las interrupciones en rutas marítimas y aéreas estratégicas encarecen el comercio internacional y afectan con mayor intensidad a las economías dependientes del turismo y las importaciones.
El conflicto en Oriente Medio está provocando graves perturbaciones en el transporte marítimo y aéreo internacional, dañando infraestructuras estratégicas e interrumpiendo corredores esenciales para el suministro de energía y mercancías a nivel global.
Incluso en el mejor de los escenarios, los analistas coinciden en que no habrá un retorno inmediato ni completo a la situación previa a la guerra.
Uno de los principales focos de preocupación se encuentra en el Mar Rojo, donde los ataques a buques iniciados en 2023 obligaron a numerosas embarcaciones a desviar sus rutas bordeando África en lugar de cruzar el Canal de Suez. Más de dos años después, el tránsito por el estrecho de Bab el-Mandeb continúa en torno a la mitad de los niveles registrados antes de la crisis.
La incertidumbre también afecta al Estrecho de Ormuz y al tráfico aéreo regional, cuyo comportamiento futuro sigue siendo incierto. Sin embargo, ya se prevé una desaceleración del crecimiento económico incluso si se alcanza una paz duradera. De acuerdo con el informe de abril de 2026 del Fondo Monetario Internacional, estas disrupciones ralentizan el comercio, incrementan los costos en las cadenas de suministro y afectan especialmente a las economías más vulnerables.
El impacto también llega a los consumidores, que enfrentan un aumento en los precios de alimentos y productos básicos, siendo los hogares de menores ingresos los más perjudicados.
Si la recuperación del tránsito por Ormuz y del tráfico aéreo sigue una evolución lenta similar a la observada en Bab el-Mandeb, el efecto negativo sobre la economía global podría prolongarse incluso después del fin del conflicto.
Ante este escenario, los expertos subrayan la urgencia de implementar políticas que refuercen la resiliencia de las redes de transporte para sostener el crecimiento y proteger los medios de vida.

