Por: PositivSUM (La actitud positiva suma)
En nuestro primer artículo, «Más que una bombona de gas», hablábamos de la importancia de mirar más allá de lo evidente y de reconocer que, detrás de cada situación cotidiana, existen actitudes, responsabilidades y oportunidades para mejorar. En este segundo artículo de PositivSUM, queremos ir un poco más allá.
En Guinea Ecuatorial hablamos con frecuencia de los problemas que afectan a nuestra sociedad: la falta de oportunidades, las deficiencias institucionales, la desigualdad, la pérdida de valores o la necesidad de transformar nuestras estructuras. Señalar estas dificultades es legítimo y, en muchos casos, necesario. Una sociedad que no identifica sus problemas difícilmente podrá resolverlos.
Pero aquí aparece una pregunta que quizá nos incomoda más: ¿qué parte de la transformación nos corresponde a cada uno?
Porque es fácil señalar aquello que no funciona. Es fácil identificar culpables, reclamar responsabilidades y esperar que otros encuentren las soluciones. Lo difícil es mirarnos a nosotros mismos y reconocer que una sociedad no cambia únicamente desde las instituciones, desde los despachos o desde quienes ocupan posiciones de poder.
También cambia desde la calle, desde las familias, desde los lugares de trabajo y, sobre todo, desde nuestras pequeñas decisiones cotidianas.
La metáfora de la Ceiba
Imaginemos a Guinea Ecuatorial como una inmensa Ceiba pentandra.
El suelo representa la patria, esa base que sostiene y une a todos. Las raíces simbolizan nuestros valores y nuestra identidad; las semillas representan a nuestros hijos y a las futuras generaciones, mientras que los vientos reflejan las crisis, los cambios y las dificultades que inevitablemente atraviesa cualquier sociedad.
La actitud es el alimento que puede fortalecer o debilitar ese crecimiento.
Cuando elegimos el individualismo, podemos convertirnos en hojas: crecemos rápidamente, pero dependemos de todo aquello que nos rodea y, cuando llega el viento de una crisis, podemos desprendernos del árbol y quedar sin rumbo.
Cuando decidimos ser ramas y troncos, en cambio, compartimos una misma raíz, nos sostenemos mutuamente y contribuimos a proporcionar sombra, protección y nuevas semillas.
La pregunta, entonces, no es únicamente qué sociedad queremos tener. La verdadera pregunta es qué estamos dispuestos a hacer para construirla.
¿Queremos ser hojas aisladas, movidas por cada viento, o queremos formar parte del tronco que sostiene el futuro común?
A veces exigimos una sociedad más responsable, más solidaria y más eficiente, pero olvidamos que las sociedades están hechas de personas. No podemos reclamar fuera aquello que no estamos dispuestos a practicar dentro.
Una sociedad fuerte no se construye con individuos aislados, sino con personas capaces de reconocerse como parte de un propósito común. Por eso, también deberíamos preguntarnos qué legado social y qué valores queremos dejar a las generaciones que vienen detrás.
La historia suele recordar a las personas por sus aportes colectivos, no únicamente por sus logros individuales.
Los jueces de la solidaridad
No siempre necesitamos que alguien nos indique qué debemos hacer para comprender que determinadas actitudes perjudican la convivencia.
El egocentrismo, la arrogancia, la prepotencia y el autoritarismo pueden terminar dividiendo a una sociedad. Y cuando estas actitudes se convierten en una forma habitual de relacionarnos, el problema deja de ser individual: termina afectando al conjunto.
Aquí aparece una contradicción que pocas veces queremos reconocer: exigimos instituciones eficientes, ciudadanos responsables y una sociedad mejor, mientras en nuestra vida cotidiana toleramos comportamientos que reproducen precisamente aquello que criticamos.
Cuando la arrogancia toma el mando, nos enfrentamos unos a otros y caemos como hojas ante el viento. Cuando prevalecen la rectitud, la responsabilidad y la cooperación, podemos actuar como las abejas: trabajando juntas para producir algo cuyo beneficio alcanza a todos.
Y sí, podemos hacerlo si realmente queremos.
Uno de nuestros obstáculos es la cantidad de negatividad, crítica y sensación de carencia que procesamos diariamente. Corremos el riesgo de convertirnos en personas reactivas y de conceder mayor importancia a aquello que funciona mal que a las cosas positivas que también existen a nuestro alrededor.
Pero conviene aclararlo: abrazar la positividad no significa cerrar los ojos ante la realidad.
No significa negar la tristeza, justificar los errores ni ignorar los problemas. Significa tener la valentía de mirar las dificultades de frente sin permitir que estas determinen completamente nuestra manera de vivir y actuar.
Hay una diferencia entre el optimismo ingenuo y una actitud positiva. El primero puede llevarnos a imaginar que los problemas desaparecerán por sí solos. La segunda nos obliga a reconocerlos y, al mismo tiempo, a preguntarnos qué podemos hacer para afrontarlos.
Vivimos dentro organizando fuera
Existe una metáfora que resume esta idea: la manera de esconderse del lagarto.
Podemos vivir en Guinea Ecuatorial y proyectarnos hacia fuera. Podemos hablar de transformar nuestro entorno mientras mantenemos dentro de nosotros las mismas prácticas, pensamientos e inercias que pretendemos cambiar en la sociedad.
Y ahí está una de las dificultades más profundas del cambio: queremos transformar los resultados sin transformar las conductas que producen esos resultados.
Por eso, innovar el pensamiento puede convertirse en una verdadera «varita mágica».
No tendremos mañana una sociedad perfecta. Pero sí podemos construir una sociedad más equilibrada, en la que la positividad tenga mayor fuerza que la negatividad y donde cada persona comprenda que su comportamiento también influye en el entorno.
Tal vez pensemos que una pequeña acción no cambia nada. Que saludar, respetar una cola, cumplir una responsabilidad, ayudar a alguien, cuidar un espacio público o hacer correctamente un trabajo aunque nadie nos vigile son detalles insignificantes.
Pero una sociedad también se construye con esos pequeños detalles.
Precisamente ahí, donde nadie aplaude y donde nadie sabe que fuimos nosotros quienes marcamos la diferencia, es donde empieza una transformación auténtica.
Cambiar el pensamiento
La verdadera innovación personal comienza por innovar nuestros pensamientos.
No se trata de ser ingenuos ni de negar los problemas. Se trata de utilizar la positividad como una estrategia para afrontar las dificultades y avanzar.
Podemos cambiar el «la cosa va mal» por «estamos mejorando».
Cambiar «no tengo nada» por «por ahora no me alcanza».
Y cambiar también la nostalgia permanente por una mirada orientada al futuro.
Durante demasiado tiempo hemos pensado en cómo éramos, cómo estábamos o cómo fuimos, en lugar de preguntarnos cómo podemos llegar a ser.
Recordar nuestro pasado es importante. Pero vivir permanentemente en él puede convertirse en una forma de renunciar al futuro.
El apego excesivo al pasado puede mantenernos aferrados a prácticas, ideologías e idiosincrasias que ya no responden necesariamente a las necesidades del presente.
No todo lo antiguo era mejor, del mismo modo que no todo lo nuevo es necesariamente bueno. La cuestión es tener la capacidad de distinguir qué debemos conservar, qué debemos transformar y qué debemos dejar atrás.
La verdadera transformación no consiste únicamente en cambiar perfiles o personas. También implica mejorar nuestras condiciones emocionales, nuestros valores y nuestra manera de actuar, comenzando por el detalle más pequeño.
Si alimentamos nuestra actitud con responsabilidad y propósito, tarde o temprano los resultados serán diferentes.
Y aquí hay otra cuestión que merece nuestra atención: ¿hacemos el bien porque creemos en él o porque queremos que los demás sepan que lo hacemos?
No se trata de hacer el bien públicamente para obtener reconocimiento. Eso puede convertirse simplemente en apariencia. Se trata de hacer lo correcto allí donde corresponde, incluso cuando nadie está mirando.
Ahí empieza la verdadera meritocracia: en la responsabilidad que asumimos cuando no existe una cámara, un aplauso o un premio que nos observe.
No esperemos la varita mágica
Todo depende, en alguna medida, de nosotros mismos.
Siempre hemos echado en falta esa actitud positiva y victoriosa con la que, juntos, afrontamos los desafíos de nuestro Nzalang Nacional. Cuando juega nuestra selección, somos capaces de unirnos y proclamar a viva voz: «¡Con este Nzalang vamos a ganar a España e incluso podemos con Brasil!».
Puede parecer una simple expresión de entusiasmo deportivo, pero detrás de ella existe algo interesante: cuando tenemos un objetivo común, somos capaces de creer en nosotros mismos.
¿Por qué no trasladar esa misma actitud a otros ámbitos de nuestra sociedad?
¿Por qué nuestra confianza colectiva parece despertar con el fútbol y desaparecer cuando hablamos de otros desafíos nacionales?
Nadie vendrá exclusivamente a mejorar nuestras condiciones. Quienes tienen poder, recursos o influencia también tienen sus propios problemas, responsabilidades y prioridades. Son personas y forman parte de otras estructuras y realidades.
Por eso, esperar permanentemente que otros resuelvan aquello que también nos corresponde puede convertirse en una forma cómoda de no asumir responsabilidades.
La pregunta que debemos hacernos es otra:
¿Qué hago yo para que mi entorno mejore?
¿Qué puedo aportar yo?
Tal vez la respuesta parezca pequeña. Pero los grandes cambios sociales no siempre comienzan con grandes discursos. Muchas veces empiezan con comportamientos aparentemente insignificantes que, repetidos por miles de personas, terminan convirtiéndose en cultura.
La actitud que elegimos cada mañana puede convertirse en el abono que determine si seremos una hoja que se lleva el viento o parte del tronco que sostiene el futuro de nuestra tierra.
Un abrazo desde el tronco común
Queremos enviar un abrazo sincero a quienes sostienen nuestro país desde el silencio y nos recuerdan que todos podemos ser grandes líderes desde el lugar que ocupamos.
A las comadronas, por acompañar la llegada de nuevas vidas.
A los trabajadores de Guinea Limpia, por esas madrugadas dedicadas a mantener nuestras ciudades.
A las mujeres de los ayuntamientos, que limpian nuestras aceras cuando muchos todavía duermen.
A los trabajadores de los servicios funerarios y de emergencia, por estar presentes en algunos de los momentos más difíciles.
A las cajeras y cajeros de los bancos, por su trabajo cotidiano.
A los trabajadores de las gasolineras, por contribuir al mantenimiento de servicios esenciales.
A los técnicos de Turbogas, por su trabajo para garantizar el suministro de energía eléctrica.
Y a tantos otros trabajadores que desempeñan sus funciones sin titulares, sin aplausos y muchas veces sin reconocimiento.
Porque la grandeza no está necesariamente en el título, en el cargo o en aquello que poseemos.
La grandeza está en la actitud con la que servimos a los demás.
Quizá no podamos transformar todo aquello que quisiéramos. Quizá tampoco podamos resolver por nosotros solos los grandes problemas de nuestro país.
Pero siempre podemos decidir qué tipo de persona queremos ser dentro de la sociedad que estamos construyendo.
No busquemos la varita mágica.
Convirtámonos en la raíz que sostiene la Ceiba.
Un abrazo desde el tronco común.
Sigamos sumando.


